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Por: Javier Álvarez Viñuela

¿Cuántos chistes no quedaron en la memoria de la gente de su pueblo?

Firmaba su nombre sin rúbrica (ese jeroglífico que nos inventamos dizque para que no nos suplante grafológicamente la identidad). Y, lo digo porque, entre otras cosas, fui su «alumno practicante», y cuando le entregaba «el preparador de clases» para que me revisara la clase que había preparado con todos sus momentos, al regresármelo con las observaciones, aparecía su nombre en letra palmer entendible, y con unos rasgos de amanueses de notarias: «Guzmán A. Bermúdez L.»

Mucho tiempo después, e intrigado por querer saber su segundo nombre y su segundo apellido, una fuente confiable y extraordinaria me lo aclaró: «se llama Guzmán Anelio Bermúdez Lemus, hijo de Marcelino Bermúdez y María de la Luz Lemus. Y, para que lo tenga como una historia conocida, sus padres fueron los dueños del predio que hoy en día es de Llano Bonito. Ahí nacieron los hermanos Bermúdez Lemus». Quedé satisfecho con la información.

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Falleció a los 78 años en Medellín. El profesor Guzmán, como se le llamaba cariñosamente, fue compositor, poeta y maestro. Su profesión de educador la ejerció con decoro e intachable comportamiento por más de 40 años. Fueron pocos los lugares donde desempeñó su noble y admirable profesión: primero en Jurubirá, en el municipio de Nuquí, y luego en el corregimiento de El Valle, donde terminó como maestro de primaria en la Escuela Miguel Angel Arcos, anexa a la Normal Santa Teresita.


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Un año antes de su fallecimiento tuve múltiples ocasiones de conversaciones con el profesor Guzmán, y mantenía una lucidez, que respondía con rapidez asombrosa sobre temas literarios. Era emocionante escucharlo hablar de la obra de Óscar Collazos, al punto que hizo un perfil muy contextualizado de «Son de máquinas» y «El verano también moja las espaldas». Lo mismo con las de Arnoldo Palacio y la de Manuel Zapata Olivella: «Las estrellas son negras» y «Changó, el gran putas», respectivamente.

Fue un amante de la poesía y la escribía, aunque no la declamaba. Prefería que otros se la interpretaran. Reconoció que su obra literaria estuvo influenciada por el poeta chocoano Miguel A. Caicedo, porque fue el creador del género costumbrista del departamento. ¡Y, es muy cierto! Basta leer, el poema «El negro Francisco», del profesor Guzmán, en cuya recreación está representada la vida del hombre chocoano y que ha tenido su relacionamiento con el mar: el hombre enamorador y curandero.

El profesor Guzmán fue el más célebre personaje de El Valle: empezó a escribir su propia obra para ser querido y recordado por el toque festivo que le daba a su personalidad. Su interacción con otras culturas y otros mundos, fue necesaria para enriquecer su exquisita prosa con la fascinación, de actos, inclusive, de ingenuidad mágica. ¿Cuántos chistes no quedaron en la memoria de la gente de su pueblo? O, ¿por todas aquellas latitudes por las que se campeó?

Constaté la obra del profesor Guzmán: el voluminoso manuscrito que conservaba en un expediente literario inédito y sin publicar. Y como si se lo hubiera propuesto leyó «Es tarde ya». No era más que la narración de los amores esquivos y contrariados en los que el individuo experimenta los tormentosos episodios de ciertas circunstancias de la vida. Tuve la esperanzadora ilusión de que su actividad creadora siguiera fulgurando. A veces pienso que fue una prolongación del poeta francés Arthur Rimbaud: escribió una sola vez para toda la vida.

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César Asprilla Fundador y Director de la REEA, Magister en Gestión de las Tecnologías Educativas. Fans Page https://www.facebook.com/ceasmu1/ Contacto: +57 3006928728