Bioseguridad Escolar: El peligro de los Protocolos inservibles y el simplismo oficial

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Ni siquiera el incremento de las cifras de contagios en los últimos días tiene el carácter persuasivo frente a quienes desde posiciones de poder inmerecido insisten, desde su irracionalidad y posiciones no fundamentadas, en presionar un retorno no seguro a las aulas por parte de los maestros y estudiantes instrumentalizando a los directivos docentes.  

Probablemente porque no leen, no se asesoran o no se informan suficientemente tampoco las experiencias internacionales les resultan significativas a los burócratas que desde la comodidad de sus despachos virtuales solo sirven para acatar y cumplir órdenes nacionales demostrando su anclaje en la minoría de edad entendida en términos kantianos. 

Situaciones como las de Manaos (Brasil), Quebec, Inglaterra, Italia e incluso Chile (con un 28℅ de su población inmunizada), países estos dos últimos que ya han anunciado la posibilidad de adopción de nuevas medidas restrictivas frente a la irrupción de rebrotes, les llevan a pensar y a la necesaria reflexión crítica que les impide estar atrapados en su parroquialismo. 

Resulta crudo admitirlo y más decirlo, pero quienes regentan la educación oficial, aún se muestran incapaces de romper y salir de paradigmas errados y revaluados como el de la inmunidad de rebaño por contagio; el de un virus que no afecta a la población joven, el de la imposibilidad de reinfección y el de las formas de transmisión,  panorama desde el cual toman decisiones y medidas absolutamente equivocadas.    

CONVOCATORIA DOCENTE 2021

Desde lo que en filosofía se denomina doxa (opinión) y no desde el terreno de la episteme (conocimiento) se improvisa peligrosamente en la definición de «protocolos de bioseguridad» que no otorgan a la comunidad educativa garantías reales para la protección de la vida. Se mueven aún desde el centenario dogma de Charles Value Chapin (1910) de que la transmisión prevalente del virus en enfermedades respiratorias se da por contacto inicial de las manos con objetos físicos y poco después de estas con ojos, nariz y boca o a través del contacto con gotículas (droplets). 

Desde el ignorar la verdadera forma predominante de transmisión del virus, las medidas oficiales se encaminan solo al lavado de manos (en lavamanos insuficientes en número en las instituciones educativas) y en el uso de máscaras para proteger de gotículas, sin tener en cuenta que no cualquier protección de nariz y boca contiene los aerosoles invisibles que son predominantemente fuente de contagio del COVID-19 por inhalación. 

Por ello no puede generar más que una mezcla de hilaridad y tristeza, escucharlos tratando de convencerse y de convencer a otros, que los tapetes, termómetros (no funcionan frente a asintomáticos y afebriles), el lavado de manos, un cierto e improbable distanciamiento social y cualquier ‘tapabocas’ son suficientes para afirmar irresponsablemente que existen «condiciones para el retorno seguro a las aulas». 

Las verdaderas condiciones mínimas de bioseguridad para el regreso a las instituciones educativas, sin menoscabo del derecho constitucional y fundamental a la vida, pasan por prestar mayor atención a la otra y más eficaz forma de transmisión del virus,  sobre todo en espacios cerrados y mal ventilados como nuestras aulas: los aerosoles. Esto es, las gotículas menores en tamaño a 100 micras, y por tanto no visibles para el ojo, las que, a diferencia de las mayores a este tamaño, no se precipitan sino que flotan o permanecen suspendidas en el aire al ser expelidas por personas enfermas tanto al respirar (exhalar) como al hablar y que pueden ser inhaladas por personas sanas, pues no todo tapabocas o máscara filtra o contiene su penetración.  

Luego entonces, una medida imprescindible de auténtica bioseguridad es medir permanentemente los niveles de CO2 presentes en las aulas (en presencia de más de 800 ppm hay mayores probabilidades de contagio); evitar la recirculación del virus que pueden propiciar los aires acondicionados; dotar las aulas con filtros HEPA, ventilar permanente y  adecuadamente los espacios cerrados y, más importante aún, dotar a estudiantes y docentes de máscaras N95 o similares que cumplan con los estándares de la norma técnica ASTM F3502-21, esto es, con al menos un 80% de eficiencia de filtro y fuga total hacia el interior no superior a un 5%. Sin que pueda garantizarse, en términos absolutos, que nuestros «cercos epidemiológicos» evitarán el ingreso a nuestro territorio de la variante del virus B1.1.7 (VUI-202012/01) que en espacios del primer mundo como Inglaterra y Quebec ya demostró no solo una más rápida capacidad de transmisión sino también afectar a población joven, el retorno a clases, con nuestro bajísimo ritmo de vacunación podría resultar catastrófico y derivar en una suerte de holocausto moderno.

Por: Alberto Ortiz Saldarriaga 

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