Transportador y mensajero

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Foto: Dialnet
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Por Javier Alvarez Viñuela


Dicen que el mar Pacífico –refirámonos a la porción colombiana-, de pacífico no tiene nada. Debiera matizarse el comentario, la referencia o reputación que se ha ganado, cuando sus aguas se vuelven, según, el dicho, innavegables, tras los vientos o corrientes marinas que lo alteran. Un fuerte viento no solo embravece el mar; he visto lagos o represas tan enfurecidas -a causa de los violentos vientos-, que las autoridades competentes restringen sus usos para la práctica de ciertos deportes, de modalidades náuticas.

No voy a escribir, en este caso, como si fuera un experto y extraordinario navegante, u hombre de mar; sin embargo, puedo contarles mis angustias y zozobras que en él pasé. Serían, sencillamente, suficientes para respetarlo y tomar todas las medidas de precaución y no desafiarlo, salvo que nada se pueda hacer si la tormenta, el chubasco o mal tiempo nos sorprendió en su seno. Ahí, sí y, como dice el refrán: ¡“sálvese quien pueda”! Me acuerdo de una frase de García Márquez, en Relato de un náufrago: “es lo que se llama zafarrancho de aligeramiento”.

Contrario a las poblaciones de la costa Atlántica, sobre el Pacífico no quedaron las ciudades capitales de sus departamentos. Buenaventura podría ser la capital del Pacífico. No obstante, los hermosos municipios que, desde Tumaco hasta Juradó bordean el litoral, tendrán leyendas e historias, cuyas narraciones se habrán contado o escrito. Las de Enrique Buenaventura u Oscar Collazos, podrán ser los más bellos testimonios que engalanaron la literatura colombiana, por ejemplo.

Ahora me dispongo a contarles lo que en vida fue y representó don Claudio Díaz (pig), el hombre que en vida conoció, como la palma de su mano, el trayecto marítimo entre Pizarro (Birudó, Cuevita, e intermedias), Nuquí y Bahía Solano (El Valle). No supe su lugar de origen, pero era nuquiseño. Navegó, mientras tuvo fuerzas, por aquella jurisdicción para derivar su sustento en su condición de transportador y mensajero. No tuvo más señales de orientación que las estrellas de oriente o los luceros fugaces; más puntos de referencias, que Morro´emico, Punta Huina y Cabo Corriente.

La valentía de don Claudio no fue por que se arriesgara a navegar por el agreste mar de Balboa; fue porque encontró la mejor manera de integrar la gente del sur chocoano, cuyas identidades se aislaban por la carencia de otros medios de comunicación. Así, su noble labor de servicio estuvo ligada, además, a transportar a los estudiantes que de los municipios de Pizarro o Nuquí que cada cierto tiempo debían trasladarse a la Normal Santa Teresita del Corregimiento de El Valle, en el municipio de Bahía Solano.

Esa interrelación fue constante y permanente, al punto que por mucho tiempo el vínculo de aquellos pueblos del Pacífico chocoano, posicionó, académicamente, a la Normal Santa Teresita, como el primer centro educativo de la región en el que descollaron grandes profesionales. Su crecimiento académico no le hizo perder las miradas a los vecinos de Ciudad Mutis y sus al rededores, antes que las huellas de la disciplina y la dedicación que impusieron las monjas de Miguel Ángel Builes desaparecieran.

Queda una doble nostalgia o unos recuerdos imperecederos. La nostalgia por saber que los hermanos del sur buscaron otras mejores formas de interrelacionarse con los bonavereces; la época vivida nunca va ser mejor que la presente. Los recuerdos: las integraciones académicas, culturales, deportiva, que se experimentaron en el corregimiento de El Valle, constata el progreso al cual contribuyó, sin considerar que fue imprescindible, sino oportuno para para una sociedad.


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